El Aniceto escuchó en el bar del pueblo que esa noche, justo a la medianoche, se iba a aparecer, como todos los viernes, el mismísimo diablo en la higuera de la loma. Cerca de las doce, sin decir nada se escabulló sin que nadie lo viera. Pasó por su casa, agarró una botellita de vidrio y se fue para el lado de la iglesia. Como en todos los pueblos, tenía sus puertas sin! llave. Entró y se dirigió decidido a la fuente de agua bendita. Con sus manos y como pudo, lleno la botellita. De allí salió presto en dirección de la loma. Un senderito lo llevó hasta la cima, y allí, con el contraluz de la luna llena, vio la higuera, y apoyado en la misma, con las piernas cruzadas, al horrible diablo, con sus pezuñas y cuernos relucientes. El Aniceto apuró el paso, y sin mediar palabra, se acercó y arrojo con fuerza el contenido de la botellita en la cara horrible del demonio. Este, sorprendido, atinó a decir “¡estúpido!”, y a continuación agarró al Aniceto con fuerza bestial, le bajó los pantalones y lo sodomizó bestialmente.
El Aniceto reaccionó cuando la luna se ocultaba en el horizonte, casi de madrugada. Muy confundido, se fue a su casa, y trató de dormir pero no pudo.
Ya de día, se levantó y se fue a la iglesia. Pidió hablar con el padre Ángel, y le contó lo sucedido. Este le dijo que rezara 100 avemarías y que todo estaría bien.
A la noche fue al bar y le contó lo sucedido a su amigo mas íntimo, con la cláusula expresa de no contarle a nadie. Se volvió temprano a su casa. Tampoco pudo dormir. Nervioso, y como obedeciendo a un llamado, se levantó un poco antes de la medianoche, agarró la botellita y se fue para la iglesia. Encontró seca la fuente de agua bendita, y entonces se fue a la plaza y llenó la botellita con el agua del bebedero. De allí se fue presto para el lado de la loma. Estaba más oscuro que la noche anterior, pero llegando casi, se encontró con una fila de personas que hacían cola en el caminito a la higuera. Se acercó más, y recién allí distinguió quienes eran: primero que todos, estaba el cura. Lo seguían dos de los monaguillos más viejos, después su amigo y luego el dueño del bar. Todos con su respectiva botellita.
A. Cipriani 17/03/06
Monday, March 20, 2006
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